Hay conciertos que son conciertos y luego está lo que hizo Katy Perry anoche en Río Babel. Porque una cosa es ver a una estrella del pop salir al escenario, cantar sus hits y cumplir. Y otra muy distinta es montar una película entera delante de miles de personas, con una puesta en escena que parecía sacada de otro planeta y una energía que hizo que Madrid volviera, por un rato, a esa época en la que todos gritábamos sus canciones como si fueran nuestras.
Katy Perry llegó a Río Babel con ese punto de icono que no necesita demostrar nada, pero aun así lo demuestra todo. Desde el primer momento, el show fue brutal a nivel visual: cambios de vestuario, coreografías, luces, estructuras, pantallas y ese universo tan suyo entre lo futurista, lo pop y lo absolutamente surrealista. Todo pasaba muy rápido, pero a la vez cada momento tenía algo reconocible, como si Katy supiera exactamente qué parte de nuestra adolescencia tocar en cada canción.
Uno de los momentos más especiales de la noche llegó con “Unconditionally”, que sonó como un abrazo colectivo. De esas canciones que igual no esperas vivir tan de cerca, pero cuando empiezan los primeros acordes se te mueve algo por dentro. El público la cantó con una emoción preciosa, y ahí se notó que Katy no es solo una artista de hits gigantes: también tiene canciones que han acompañado a mucha gente en momentos muy concretos de su vida.
Y luego llegó “The One That Got Away”. Wow. Directamente wow. Hay canciones que no necesitan fuegos artificiales porque ya los llevan dentro, y esta fue una de ellas. Fue nostalgia pura, pero no una nostalgia triste, sino de esa que te recuerda quién eras cuando la escuchabas por primera vez y quién eres ahora cantándola años después con miles de personas alrededor.

También hubo espacio para su nueva etapa con “Watch It Burn”, su nuevo single, que encajó muy bien dentro del espectáculo. Katy no se quedó solo en mirar al pasado, sino que mezcló esa parte más icónica de su carrera con lo que está construyendo ahora. Y eso, en un concierto de una artista con tantos himnos generacionales, tiene mérito: consiguió que lo nuevo no se sintiera como un parón, sino como otra pieza más de su mundo.
Pero si hay algo que define a Katy Perry en directo es que nunca se conforma con hacer lo normal. En un momento de la noche, se lanzó sobre una botella de plástico gigante hacia el público, en una de esas escenas absurdas, brillantes y muy Katy que solo ella puede hacer sin que parezca raro. Era teatral, exagerado, divertido y completamente pop. Justo lo que esperas de alguien que siempre ha entendido el espectáculo como una fantasía sin pedir perdón.
A nivel personal, uno de los detalles más bonitos fue verla recuperar un outfit muy especial de su historia, relacionado con aquella Katy que vimos hace años en Madrid y que para muchos forma parte de una etapa muy concreta de nuestras vidas. No era solo un look: era un puente entre la Katy de antes y la Katy de ahora. Además, ese vestuario forma parte de una iniciativa solidaria vinculada a su Firework Foundation, con la que busca recaudar fondos para apoyar a jóvenes con sueños, talento y ganas, pero sin los recursos necesarios para desarrollarlos.

Y quizá por eso el concierto tuvo algo más que espectáculo. Porque sí, hubo luces, hits, nostalgia y momentos virales, pero también hubo una sensación muy bonita de conexión. Katy Perry pertenece a una generación que creció con sus canciones sonando en fiestas, habitaciones, viajes, rupturas, vídeos de YouTube y veranos imposibles de olvidar. Verla ahora, años después, con la misma capacidad de convertir un escenario en un universo propio, fue como comprobar que algunas canciones no envejecen: simplemente nos esperan.
Katy Perry no vino solo a cantar. Vino a recordarnos por qué fue, y sigue siendo, una de las grandes arquitectas del pop emocional, colorido y gigante.
Madrid la recibió como se recibe a los iconos: cantando, gritando y dejándose llevar. Y Katy respondió con un show que fue nostalgia, fantasía y puro espectáculo.