El segundo día de la Semana de la Moda en la ciudad del amor comenzaba con uno de los desfiles más esperados: Dior Primavera-Verano 2027, en un escenario que ya por sí solo merecía toda la atención: Le Bassin Octogonal, en pleno Jardin des Tuileries.

Fuente: elaboración propia

Pero antes de entrar de lleno en el maravilloso universo de Jonathan Anderson, hay algo que no puedo dejar pasar. Porque si hay un lugar de París que tiene la capacidad de hacerme sentir inmediatamente que estoy de vuelta en mi ciudad favorita, ese es el Jardin des Tuileries.

Cuando llego a París, hay una especie de ritual que no puedo evitar: buscar una de esas famosas sillas verdes, sentarme y simplemente mirar. Quizá parezca una tontería, pero para mí es uno de esos pequeños gestos que confirman que ya estoy allí. Que he vuelto.

Y resulta que no soy la única que siente cierta fascinación por ellas. Jonathan Anderson tampoco pudo resistirse a su encanto.

En uno de sus desfiles, el diseñador llevó esa icónica silla verde hasta convertirse en parte de la propia invitación: una pequeña reproducción de la clásica silla metálica verde oliva de las Tuileries. Una pista, quizá, de lo que estaba por suceder.

Entre la bruma y una pasarela flotando sobre el estanque de Le Jardin des Tuileries, Jonathan Anderson presentó una colección que parecía querer alejarse, al menos por un instante, de los códigos más reconocibles de la casa.

Y quizá ahí estaba precisamente su encanto.

Porque Anderson no parece interesado en seguir el camino más evidente. Su agudeza está en encontrar belleza donde otros quizá no mirarían.

¿Su inspiración esta vez?

Dos nueces de Wénwán, convertidas en invitación y en el pequeño objeto que escondía toda una historia detrás.

En la tradición china, estas nueces se hacen rodar entre las manos durante años, en un movimiento constante que termina puliendo lentamente su superficie hasta conseguir una textura lisa y casi perfecta.

Anderson tomó ese gesto cotidiano y lo convirtió en una metáfora romántica sobre la naturaleza y sus imperfecciones.

Porque lo que a nuestros ojos puede parecer perfectamente simétrico, rara vez lo es en realidad.

La naturaleza no busca la perfección. La encuentra en lo irregular, en lo inesperado, en aquello que se escapa de la norma.

Estampados florales que cobraban vida con el movimiento, amarillo mantequilla y vestidos de gasa, me hacen recordar al romanticismo del paso del tiempo. La sastrería no era tan rígida, una liberación, un antes y un después, rayas diplomáticas y patas de gallo reconvertidas en camisas abiertas y un toque de lencería, reflejando la ruptura con la tradición.

Y quizá eso es precisamente lo que hace tan interesante a Jonathan Anderson: su capacidad para mirar un objeto aparentemente insignificante, cambiar su perspectiva y convertirlo en una idea.

Una nuez. Una silla verde. Un jardín. Una bruma.