Alan Ritchson convierte el silencio en pura acción con «Motor City»

Izabel Nechita
julio 24, 2026
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Alan Ritchson protagoniza una salvaje historia de venganza que sustituye los diálogos por golpes, música y una puesta en escena cargada de personalidad.

Hay películas que necesitan grandes discursos para explicar las motivaciones de sus personajes. Motor City prefiere que Alan Ritchson atraviese una puerta, apriete los puños y empiece a repartir golpes. Y, siendo sinceros, tampoco necesita mucho más.

Dirigida por Potsy Ponciroli, la película nos traslada al Detroit de los años setenta para contar la historia de John Miller, un trabajador que es incriminado por un peligroso gánster y acaba perdiendo su libertad y a la mujer que ama. Cuando consigue salir de prisión, solamente tiene una cosa en mente: vengarse de todos los responsables de haberle destrozado la vida. La película llega a los cines españoles el 24 de julio con Alan Ritchson, Shailene Woodley, Ben Foster y Pablo Schreiber al frente del reparto.

Una película que no necesita hablar

La gran particularidad de Motor City es que prácticamente no tiene diálogos. Lejos de sentirse como una limitación, esta decisión se convierte en el elemento que define toda la película. Los personajes no explican lo que sienten: lo transmiten a través de sus miradas, sus movimientos y, sobre todo, de la manera en la que reaccionan ante la violencia.

La historia es sencilla y utiliza uno de los argumentos más reconocibles del cine de acción: un hombre al que se lo han quitado todo regresa dispuesto a ajustar cuentas. Sin embargo, la película no intenta reinventar la venganza, sino encontrar una forma diferente de representarla.

En ese sentido, funciona casi como una novela gráfica en movimiento, un videoclip de más de hora y media o una ópera violenta en la que la música sustituye a las conversaciones. Todo está construido para que la imagen tenga el peso principal: los colores, la estética setentera, el montaje, las miradas y los cuerpos chocando constantemente entre sí.

Alan Ritchson habla con los puños

Alan Ritchson encaja perfectamente en una propuesta de estas características. Su personaje apenas necesita pronunciar una palabra para dejar claro lo que está pensando. Su presencia física llena la pantalla y la película aprovecha cada centímetro de su protagonista para convertirlo en una fuerza de la naturaleza.

Aquí no hay discursos profundos antes de una pelea ni amenazas interminables. Hay miradas, silencios y una auténtica somanta de hostias.

Las secuencias de acción son brutales, exageradas y, en algunos momentos, deliberadamente salvajes. Motor City no busca que sus peleas resulten elegantes ni realistas: quiere que cada golpe se sienta, que cada caída duela y que el espectador termine preguntándose cómo alguno de sus personajes continúa en pie.

La violencia no aparece únicamente como un complemento de la historia, sino como su propio lenguaje. John Miller no puede recuperar los años que le han arrebatado y tampoco parece tener palabras suficientes para expresar su rabia. Por eso habla de la única manera que sabe: golpeando a todo aquel que se cruza en su camino.

Mucho estilo y poca profundidad

El problema de construir una película alrededor de una idea tan concreta es que no todos sus personajes reciben el mismo espacio para desarrollarse. El silencio potencia la presencia de Alan Ritchson, pero también hace que algunas relaciones se sientan demasiado simples.

Shailene Woodley y Ben Foster consiguen transmitir bastante con muy poco, aunque la historia nunca deja de estar formada por figuras reconocibles: el hombre injustamente condenado, la mujer que intenta sobrevivir y el villano dispuesto a utilizar su poder para conseguir lo que quiere.

Tampoco se puede negar que su propuesta puede resultar repetitiva para quienes necesiten una historia con más capas. Motor City es extremadamente consciente de lo que quiere ser y no muestra demasiado interés en abandonar ese camino. Su argumento es directo, sus personajes están definidos con pocos trazos y casi toda su fuerza reside en la experiencia visual y sonora.

Pero precisamente ahí se encuentra también su mayor virtud. No intenta aparentar que es una película diferente. Viene a ofrecer venganza, estética retro, música a todo volumen y golpes. Muchos golpes.

Una experiencia para disfrutar en pantalla grande

Motor City es una película excesiva, ruidosa y tremendamente física, aunque sus personajes apenas abran la boca. Una propuesta que demuestra que el silencio también puede ser ensordecedor cuando está acompañado por una buena banda sonora y por Alan Ritchson lanzando personas contra cualquier superficie disponible.

Puede que su historia no sea especialmente original y que algunos personajes se queden en la superficie, pero resulta difícil apartar la mirada cuando la película pisa el acelerador. Es cine de acción sin complejos, presentado con la energía de un videoclip y la violencia de una pelea en la que nadie conoce el significado de la palabra rendirse.

En definitiva, Motor City es literalmente una somanta de hostias durante casi toda la película. Y lo más sorprendente es que, entre golpe y golpe, consigue contar su historia sin necesidad de decir prácticamente una sola palabra.